martes, 19 de abril de 2011

Buea y Limbe

Domingo 17 de Abril

El día comienza a las 5am, quiero asistir a la misa de 6:30. Bajo a desayunar mi jugo recuperador de gastritis, tomo mi palma y subo a la Iglesia. En el patio de alado está ya una gran cantidad de personas, señoras, señores, jóvenes y niños, todos con sus palmas, algunas de dos metros, otros niñitos que apenas caminan pero con sus ramitas también. Me cautiva un niñito que por evitar mojarse usa la palma que es casi de su tamaño como escudo, poniéndola completamente enfrente de su carita mientras cierra los ojitos, igual le caen un poco de gotitas y se ríe.

He aprendido el truco para no ser aplastado conforme se van llenando las bancas en misa, sentarse en la orilla con suficiente espacio de manera que cuando más personas se van sentando, en este caso a mi izquierda, siempre puedes terminar con media nalga de fuera, pero no aplastado jajá, me tomo tiempo descubrir el truco. La misa pasa ligera, igual dura las 2 horas como otros días, pero el sermón de Emilio es rápido, preciso.

Bajo a la cocina para hacerme una avena, los padres desayunan Pap, una estilo papilla a base de harina de maíz, como si fuera literalmente maicena, tiene cara de engrudo y la consistencia también, me burlo de su comida para bebé y penen cara de guacala con mi avena jajá. Me cuenta de Mount Cameron y de Lymbe, me desea buen viaje.

Alcanzo a subir a revisar correos, saludar a uno que otro desvelado Mexicalense que siendo mis 11am serán sus 3am y está conectado, pero me alegra la mañana con sus frases tan peculiares y pensamientos similares a los míos.

El camino a Buya, ciudad justo alado de Mount Camerún, es una maravilla de paisaje, si creía que Bamenda era verde y selvático, esto redefine los conceptos. Aquí la selva se te viene a la cara, los árboles se vuelven más altos, los arbustos más repletos y hay lianas estilo Tarzan por todos lados, hay tanta vegetación que ya no veo la tierra roja.

Paramos un par de veces en algunos poblados para tomar jugo Tampico, de un sabor exacto al americano, o un yogurt natural, sobre el camino comemos los huevos duros que he preparado y me saboreo las galletitas. Hablamos de mil cosas, con Justin no se acaba el tema ni las historias y me alegro porque de ir con una persona más seria, el viaje de 8 horas se hubiera vuelto un infierno.

Rumbo a Buya se pasa por la zona Francófona, cambian las casas, ahora de madera y no de adobe como en Bamenda, cambia la gente, las mujeres vestidas menos tradicional, aquí llevan más pantalones y levis, sus cabellos trenzados o alaciados, sin cubrirlos con telas ni gorros como en la zona Anglófona. Los taxis tienen sus leyendas en la defensa en francés y las calles son un poco más sucias y el tráfico más alocado.

De camino pasamos por plantaciones de plátano, aquellas que tanto describía Gabriel García Márquez en sus libros y hasta ahora puedo entender, árboles tras árboles, hasta donde el horizonte termina, cuidadosamente plantados en hileras bien definidas. Le siguen plantaciones de piña y árboles de papaya, es casi una hora de camino y las plantaciones no terminan, que impresión. Todas son de compañías francesas, nada nacional. – Francia nos está chupando como los mosquitos la sangre – me dice Justin y vaya que si, le sugiero que aprendan algo de Fidel Castro, expropien todo y manden a los franceses a tomar café con pan bajo la torre Eiffel, se ríe, me río, ¿de saber que es casi imposible? ¿De entender que la realidad dista del ideal?

Después de unas horas acercándose a la ciudad de Duoala se toma una desviación a la derecha y vuelves a entrar a la zona Anglófona, tendría que ver un mapa para entender el recorrido que hemos hecho. Vuelven las casas de adobo, los letreros en ingles, calles más limpias y vestimentas tradicionales. Al fondo, una montaña, la ¨small mount cameroon¨ pues Mount Camerún está unos kilómetros detrás de ella, aun imperceptible, si eso es ¨small¨ mi concepto ¨big¨ no es imaginable aún, la montaña es tan alta que las nubes la cubren y tan ancha que de extremo a extremo de la calle y con las casas a las orillas no veo el inicio o el fin.

Buya es una ciudad de estudiantes, aquí está la primer escuela Universitaria Anglófona, por las calles se ve el ambiente más juvenil que he visto en Camerún. Ya es de noche por lo que los bares están llenos, sobre las aceras jóvenes a más no poder, caminando, charlando. Música que me invita a bailar y muchas caras contentas, se respira ese aire de juventud, me recuerda al malecón en Puerto Peñasco, aquella noche entre amigas y bandas norteñas, me recuerda también a las Ramblas en Barcelona, aquella gloriosa noche en que el Barcelona se llevó la Eurocopa. Me da gusto ver que el espíritu de juventud se respira igual, sin importar latitud, altitud, 1er o 3er mundo.

De pronto dejamos la ciudad atrás y empezamos a subir la montaña, por una ladera, se acaba el pavimento y empieza la terracería, el paisaje se vuelve campos de té. Tras unos 20 minutos pasamos un internado de niños, aún siendo de noche se aprecia bastante bien pues hay tormenta eléctrica y nos ilumina rayo a rayo el panorama. Precioso edificio estilo colonia Inglesa, blanco, de columnas anchas, 3 pisos, salones con pizarrones verdes, niños leyendo, otros por los pasillos, patios verdes y una distribución de hacienda.

Más arriba el convento de las Carmelitas, destino final por hoy, son las 8 de la noche. La lluvia amenaza con caer, la selva nos rodea, el ruido, de la vegetación por el viento y los insectos cantando, es tan fuerte. El panorama aún siendo tan natural, se impone a golpe, con cada rayo se ve la parte alta de la montaña a la derecha y la terracería, que ya no lleva a ningún lado, el último punto de civilización es justo donde estamos parados.

Compartimos la cena con otros 3 padres que han venido al convento de retiro mientras platico con Edith, la hermana Mexicana, nos reímos al coincidir en que el inglés de aquí, por más que sepas inglés en México, es algo inentendible.

Terminando de cenar Edith les explica a los padres donde están sus cuartos y me intriga que no me asigne el mío, cuando voltea y me dice – tú te quedas en otro cuarto más abajo – y entro en pánico.

¿Abajo donde? ¿Sola? ¿En plena tormenta eléctrica amenazando de lluvia intensa? Y para rematar, se va la luz en ese instante. Saco mi lámpara e ilumino a Justin directamente a la cara, creo que entiende mi gesto y dice –Ashia-, le digo que si no me ve a las 7am en la misa que no se moleste en buscar mucho, seguro estoy colgada del closet.

Salimos de la casa donde se quedan los padres, que comparte pared con el convento y bajamos unos 30 metros a los límites de la propiedad, antes de llegar a la cerca que da a la terracería por dónde veníamos la hermana abre una puerta metálica, después de quitar una cadena que me dice es solo por precaución ¿precaución de qué? ¿Tengo que estar enterada de algo? ¿Qué la selva entra a cuartos con candado?

Escribo todas estas líneas mientras transcurre una de las noches más terroríficas por las que he pasado. Al cruzar por la puerta de metal entramos a un patio interno, sin techo, comienzan a caer las primeras gotas, apresurada la hermana por no mojarse me muestra mi habitación, me enciende dos velas, me da las llaves, desea buenas noches y parte señalándome a la esquina del patio un cuarto que es el baño, lejos del cuarto, y diciéndome que cierre por dentro la puerta metálica.

En dos segundos arrecia la lluvia con todo, alcanzo a entrar al cuarto que consta de una sala en común, dos cuartos con literas, el mío tiene además una cama individual que es la que han preparado para mí. Cierro el otro cuarto, cierro ventanas y cortinas, prendo mi lámpara y respiro lento, profundo, me invade un pánico infantil que tenía años sin sentir, de repente en pleno Monte siento que los fantasmas existen, que las películas de guerras en el Congo tienen escenarios selváticos similares al que me encuentro, que la siguiente persona a quien acudir ante pánico me queda 30 metros arriba en el convento y que la pared de mi cuarto tiene a espaldas una montaña que se reiría de el Centinela en Mexicali.

No sé cómo explicarlo pero la naturaleza cuando es tanta, cuando no estás acostumbrada a tanto verde, tanto árbol, tantas sombras, tanta lluvia, tanto silencio, nada de luz y cero civilización, da miedo. Me armo de valor y voy al baño, más por necesidad que por fortaleza mental.

Vuelvo al cuarto y tomo un cigarro, me repito que ultimadamente no hay mucho que pueda hacer, me espera una larga, lluviosa, solitaria noche, así que o me amarro la imaginación y el miedo o nada, no dormiré. Fumo el cigarro, parada de frente al patio, con nada que ver más lo que alcancen a iluminar los truenos. Cierro la puerta, pongo llave y una silla, dentro de todos los sonidos que pueda escuchar a través de la ventana me queda claro que el de una silla al ser empujada es inconfundible, y pido a Dios no escuchar ese sonido esta noche.

Ya más tranquila, pues me he resignado, llamo a casa. Platicar con mamá me termina de aplacar los nervios, ella también entiende el trasfondo de lo que la lluvia significa para mí, en general creo que para muchos Mexicalenses seria igual. Me cuenta que mi hermano ganó la carrera de off road en la que participó y de la boda de la hija del doctor Williams, saludos a mi blog fan, ánimo! Es la primera vez que escucho reconocer a mi mamá que se fue muy joven de casa, con 19 años cruzo México y los sentimientos de los abuelos al dejar partir una hija fueron lo único que cruzó su mente, me reconozco igual, aquel día en el aeropuerto de SD.

Termino la llamada con mamá, su frase de ¨no tengas miedo, estás bien cuidada¨ me da un respiro de alivio, finalmente todo esto que estoy viviendo, toda mi vida y mis acciones, dentro de mi fe y muy personal creencia, traen un angelito, o dos, por ahí, allá arriba, cuidándome. Hoy dormiré tan tranquila como si fuese mamá la que me abrazara en una noche lluviosa en Mexicali. Me acompaña un poco de batería en la computadora y Luis Miguel canta – bésame mucho, como si fuera esta noche la ultima vez-

Lunes 17 de Abril

Me levanto y por un instante olvido donde estoy, al salir del cuarto la small mount Cameron me lo recuerda. Después de un regaderazo, no frío, helado, a baldazos, subo a la misa. La capilla de las Carmelitas es muy bonita, bancas de madera brillosas, todo tan limpio, al frente del altar se sientan ellas, pero la entrada para la gente que visita es a la izquierda del altar, se me hace algo rara la distribución pero recuerdo que son de Claustro, por lo que la separación es necesaria.

Después del desayuno nos reciben en la entrada el resto de las hermanas, hay una banca divisora entre ellas y nosotros, la virgen de Guadalupe a sus espaldas, frente a mí, grande, hermosa, protectora como siempre. Platicamos cerca de media hora, sin parar, en español puro y Mexicano, a una velocidad que no me reconocía hace tiempo, me sorprendo de mi voz en español, tenía mucho que no la escuchaba, me sorprendo de lo mucho que me entienden las hermanas, de las similitudes en sus experiencias. Les platico de mí, como llegué aquí y en que ando. Me cuentan de ellas también.

Edith tiene en Camerún 3 años, su hermana mayor ya lleva más aquí, ambas son de Guadalajara pero entraron al convento de las Carmelitas en Querétaro y cuando iniciaron el convento aquí en Camerún y pidieron voluntarias, primero vino una de las hermanas y años después la otra. Ella está sola ahora pues su hermana ha vuelto a cuidar a su madre en Guadalajara que está muy enferma, me reconoce que no es fácil quedarse sola, mucho menos al saber que los tuyos te esperan, pero así es su vocación y así lo decidió.

Silvia tiene ya 10 años en Camerún, ella de Monterrey, hablamos de estados unidos, de la cercanía, de las inmensas, por no decir inagotables, diferencias entre estados unidos y Camerún. Comenta que alguna vez fue a un cumpleaños en casa de una amiga suya y tenían cucharitas de plástico de colores para el pastel, cuando la gente terminó de usarlos los tiraban y ella los recolectó pensando en África, cuando volvió los trajo consigo y les duraron años en el convento.

Me cuentan de la vida de Claustro, sus actividades desde preparar Ostias para venta, manualidades, biblias, rosarios, repujado, sesiones de oración y las labores diarias en las plantaciones. Después de una sesión exprés de cómo hacer tortillas, tanto de harina o de maíz, es hora de despedirnos pues deben volver al convento. Sus sonrisas me hacen sentir como en casa y cuando Edith me da un abrazo de despedida, de esos mexicanos, fuertes, que te envuelven de hombro a hombro, no puedo evitar soltar un par de lagrimitas mientras le agradezco por el gesto. Se quedan pasmadas viéndome, me sonríe y vuelve a darme otro abrazo.

Tomamos las cosas de los cuartos y partimos para Limbe, pasando nuevamente por Buea, no Buya jajá, aquí es imposible atinarle a la ortografía de los nombres. Buea de día nos muestra su otro lado, el comercial, hay más empresas, más edificios, cooperativas y salones de belleza por todos lados. Entramos a la Universidad de Buea, tantos jóvenes por todos lados, mujeres vestidas modernamente, faldas ajustadas, blusas de colores, cinturones, aretes y tacones, ¡muchos tacones! Que agradable desfile de modas mañanero.

Al llegar a Limbe la ciudad cambia también, por ser puerto hay más movimiento, más economía, más edificios, un par de semáforos incluso, el pavimento en las calles es mucho mejor. El hotel al que entramos es el Holiday Inn Resort, alberca, varios cuartos, restaurante y hasta un salón de belleza donde ofrecen desde faciales hasta masajes.

Comemos después de haber desayunado hace 7 horas. El servicio es excelente, la mesera hasta da las buenas tardes, la comida a tiempo, de buen sabor y con todo lo que se pudiera esperar en un hotel de 5 estrellas. Salimos a la ciudad, recorremos el malecón, visitamos una Iglesia, pasamos una tarde tranquila, de buenas charlas.

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