jueves, 12 de julio de 2012

Junio 2012

Mama pregunto porque deje de escribir, creo que la respuesta rápida fue por miedo. La realidad es que las personas expresan una mezcla entre lo que creen, sienten, piensan, mesclado con lo que es correcto y apropiado decir, acorde al momento y el lugar.

Cada día es más difícil leer a la gente, encontrarse con alguien que transparentemente te comparta lo que verdaderamente piensa, no es tan sencillo, no es muy común. Pareciera como que caímos en el juego de “lo pienso pero no te lo digo”, “lo creo pero no te lo comparto” y mucho sin lugar a duda por el “que dirán”, el “que pensaran” y otros tantos que redundan finalmente en el “no vayan a tomarlo a mal”.

Y no es que crea que todos tenemos que dejar de lado la moderación y la prudencia. Definitivamente son hábitos y acuerdos sociales que bien manejados harían de este mundo un lugar mejor. Pero ahí el dilema, si no los tienes, si los perdiste, es de andarse con cuidado antes de expresar.

Al volver hace ya casi un año, creo que el cambio fue mucho más contrastante que al irme. Al irme y pasar 7 meses escribiendo literalmente lo que pasaba con mi mente, me des adapté a la “prudencia” perdí ese acuerdo social del “piensa antes de hablar” que ya de entrada personalmente no era mi punto fuerte.

Allá era temporal, podía expresar, reclamar, aplaudir, y cualquier otro gesto, porque la realidad en la que estaba viviendo tenía un límite, se acabaría en un par de meses, no estaría eternamente en ella (por más que al final lo quisiera), era el momento adecuado de hablar y hablarlo todo, era mi propio proceso para sanar. El mayor riesgo en su momento fue escribir de mas y de igual manera lo hice, fui leída, interpretada a mil maneras, probablemente juzgada y aun así, me mantengo tranquila porque la transparencia en el escrito es invaluable.

Pero al volver y tener que vivir de nuevo un proceso de adaptación, tener ya no una visión “correcta” de las cosas, sino 3 o 4, entender probablemente un poco menos el mundo que antes, pues claro que dio que pensar, que plasmar. Pero ahora sí, arriesgarse a herir la percepción o los conceptos del lugar donde sabes que tu estadía será más larga, era de cuidado.

Y normal, entendible, aceptable estar de nuevo desadaptado, desajustado al ritmo, porque ya no eres lo que eras, porque no estás segura si sigas siendo tu misma. Es como si una parte de mi se hubiera perdido en medio del Atlántico, decidió bajarse de un vuelo y mandar al diablo la transición. Volver a pasar un proceso de adaptación a base de la escritura, se me hizo peligroso, muy riesgoso, porque perderse en el mundo de las letras de desahogo, no era en este caso la mejor opción.

Con el tiempo vinieron las responsabilidades, compromisos, me ocupe, me llene el tiempo para matar las ideas. Cuando no tienes el tiempo de tomar una idea, pensarla, digerirla, vomitarla, retomarla, amoldarla, aceptarla y expresarla, mejor no empieces el proceso, quedarse a medio paso y solo vomitar ideas carece de sentido.

Eso me ayudo mucho al irme, allá tenia el tiempo para sufrir una idea, descuartizarla, enjuiciarla y al final aceptarla, porque no quedaba más que eso. Y al volver no, al volver fue más un “ya estás aquí, esto ya es así” y todo lo que allá sacaste de tu línea de tiempo, descubriste que nunca se fue, solo se durmió un rato.

Me enfoque en retomar mis amistades, el ejercicio, resolver un problema tan básico como el transporte, ser un ermitaño nunca fue lo mío, buscar un trabajo, buscar “El” trabajo, buscar cualquier trabajo, ocuparme antes de volverme loca de tantas ideas que no tenía tiempo de procesar, que ya no quería procesar, porque en cada proceso perdía un poco mas de mis “conceptos” y no se puede vivir sin ellos.

La solución fue llenarme el tiempo de lo que fuera, de lo que se pudiera, con tal de imponerme una prudencia obligatoria que me evitara decirle al mundo “sigues sin convencerme, sigo sin entenderte, pero aquí estoy”. Pero ahora estamos de vuelta, renovados, readaptados, o algo asi.

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