miércoles, 12 de octubre de 2011

Tierra, Libertad y El Parnaso

Israel Dehesa, Berlín 18.07.11.

“Tierra y Libertad”, lema del General Emiliano Zapata, emblemático cuadillos de la Revolución Mexicana, más que una simple frase afortunada, consiste en una sentencia que encierra un posicionamiento ideológico profundo: si se garantiza un espacio para poder trabajar, la esclavitud es imposible y el derecho a las oportunidades de desarrollo económico se garantizan.

Sabemos que la Reforma Agraria del General Lázaro Cárdenas, que daba aliento al llamado del morelense, fracasó rotundamente.

Otorgar terrenos sin poner en práctica políticas de crédito para la inversión en tecnología dio como resultado que los pequeños propietarios no pudieran competir con los grandes latifundistas y los ejidos que les fueron entregados han ido siendo malbaratados a una “nueva generación de latifundistas” que producen alimentos en masa o construyen grandes hoteles: “Tierra, Tecnología y Libertad”.

Antes del movimiento armado de 1910, aproximadamente 70 por ciento de la población vivía en las zonas rurales, mientras el 30 restante estaba asentado en zonas urbanas. Hoy este número se ha invertido. Entonces… si Zapata fuera contemporáneo, ¿cual sería su lema?.

Luego de 31 años de funcionamiento, “El Parnaso”, la librería más célebre de México, anuncia su cierre próximo. Según entrevista recuperada hoy de “El Universal”, su dueño, Antonio Sultán, relata que “alguien” estaba detrás de su local y “que se dio una aplicación selectiva de los reglamentos, solapados por el Delegado”, mientras que el propietario del espacio no quiso renovarle el contrato.
Imaginen a Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Carlos Monsivais y Jorge Castañeda organizando sus tertulias, lecturas de sus obras y charlas con los lectores, en un flamante Starbucks… Sensacional, ¿no?

Coyoacán era un símbolo de la vida intelectual de nuestro país, con sus cafés, su “tianguis cultural” y, naturalmente, la librería “El Parnaso”.

¿Quién le dio esta identidad? La planeación urbana, un decreto gubernamental, los dueños de los edificios o los dueños de los negocios que decidieron dedicar su patrimonio y sus desvelos a construir espacios que promueven la cultura, en vez de elegir giros “más seguros” como el franchising (o mejor dicho: ¿frankensteinchising?

¿Qué cara va a tener Coyoacán cuando en vez de los viejos “cafés de los intelectuales” encontremos un pudoroso Mc Café, cuando en vez de ir a comer elotes, paseemos por la fuente de los coyotes con una Whopper o una Dunkin, ¿qué nuevas inspiraciones tendrán los escritores del futuro sentados en una mesa de un KFC, qué acaloradas discusiones sobre filosofía o política se darán al calor de la luz verde de un 7 Eleven? ¿cuantas inspiradoras lecturas podrán ser adquiridas en el Sanborns?

Es curioso que en ciudades como NY, Milán, París o Hamburgo viene sucediendo un fenómeno similar desde hace 10 o 15 años. Tiendas de instrumentos, bares, pequeños restaurantes, boticas, librerías… con una identidad particular, talladas a pulso en el paisaje urbano, que ya sea por la particularidad de sus productos, su decoración o de la propia gente que los atiende, le dan una identidad a ese barrio donde nadie quería vivir, convirtiéndolo en la zona de moda, para entonces ser depredados sistemáticamente por los grandes corporativos, que les arrebatan los locales seduciendo a los propietarios de los edificios con grandes sumas, sin que exista ninguna protección legal o interés de parte de las autoridades, que muchas veces solapan estos despojos en pos de una falso progreso o una engañosa generación de más empleos (o simplemente de una mordida).

En Berlín, por ejemplo, existe un “edificio ocupado” convertido en centro social: el Tacheles. Se trata del tercer sitio más visitado de la ciudad (sólo después de la Puerta de Brandeburgo y el Parlamento), que de ser un elefante blanco, fue convertido en galerías, pequeños cines y salas de conciertos autogestionadas por artistas. De ser una calle desierta, la “Oranienburger” luce llena de comercios que aprovechaban el gran afluente de turistas que se dirigían a visitar el “centro social autogestionado” más grande de Europa. Un grupo de creadores decidió instalarse en el mismo y habilitarlo para promover la cultura. No pagaban ni renta, ni agua, ni luz, pero a cambio abrían las puertas a cualquier nuevo creador, que deseara exponer su obra y a todos los visitantes. Hoy, más de la mitad de los colectivos han sido desalojados porque un “inversionista” quiere construir un centro comercial, aprovechando la buena ubicación del inmueble. Pero, ¿por qué tiene una buena ubicación?

La esquina donde se encuentra “El Parnaso” debe valer oro. Pero ¿por qué vale oro? ¿Qué reciben a cambio los emprendedores dueños de un negocio exitoso que posicionan un local comercial? ¿Qué protección legal existe para un pequeño o mediano empresario que durante más de treinta años agregó plusvalía a un punto de venta? No me sorprenderá cuando remuevan el Templo Mayor para poner un Walmart.

La tierra no es de quien la trabaja… El adoquín de los locales comerciales en las ciudades… tampoco. Y por ende, no hay libertad… sin tierra. Vivimos a merced de los grandes tiranos: los arrendadores y los negocios de cadena. Es verdad que en un Starbucks o un Mc Donalds trabaja más gente que en un chiringuito o una librería… Así que el señor Antonio Sultán, no debe preocuparse por su futuro. Seguro el millonario que hizo presión para quitarle su librería puede darle un empleo con un choncho cheque, impreso con las justas cifras que especifica un salario mínimo.

¿Podemos hacer algo? Existe otro ejemplo valioso también en Berlín: el barrio de Kreuzberg, donde el único restaurante de cadena es un Mc Donalds que es apedreado con regularidad por activistas de extrema izquierda. Hay versiones que afirman que el uso de suelo fue otorgado a través de “lobbyismo”, la palabra elegante para referirse a la corrupción. Pero lo importante es que, cada que abren un negocio de este tipo, como el desaparecido Subway sobre la esquina de Falkensteinstrasse y Schlessischestrasse, los habitantes de la zona ignoran su existencia y apoyan a los negocios de los pequeños y medianos empresarios: el poder de los consumidores.

Ya que estamos con esto de las frases: “ni tanto que queme al santo… ni tanto que gane Blue Demon”. De ninguna manera pretendo expresar una serie de reflexiones para boicotear todos y cada uno de los negocios de cadena. Sólo quiero subrayar que la tierra debería de ser de quien la trabaja y el piso de adoquín… también. Evidentemente, sin traspasar el título de propiedad, pero a través de una reforma legal que proteja a este tipo de negocios para garantizar la renovación de sus contratos de renta o algún tipo de indemnización… Si a los equipos de futbol les pagan derechos de formación por los jóvenes que a veces ni entrenan…

Este fenómeno confronta dos filosofías socio-económicas: la de la vieja Europa, con una amplia clase media y la estadounidense, esa del neoliberalismo salvaje, donde la riqueza se concentra en las manos de unos cuantos y la masa es fuerza de trabajo, que no debe imprimir ni sus ideas ni su sentir en su labor diaria, debe callar y producir. ¿Qué sociedad queremos? En México esta claro desde hace mucho, una en donde el “yo” tenga más que los demás.

Descanse en Paz… “El Parnaso”.

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